Resulta sorprendente cómo, pese a que Chile no clasificó a la Copa Mundial de la FIFA 2026, el torneo mantiene un impacto tan profundo en nuestra sociedad que pareciera que tenemos una participación directa. El fenómeno comercial y empresarial es innegable: desde cadenas de comida rápida, como McDonald’s, que promueven el evento con combos tematizados y álbumes para niños, hasta las grandes cadenas televisivas que intentan capturar parte del dinamismo internacional. Ello sin perjuicio de que, en este escenario, los verdaderos ganadores terminan siendo las plataformas de streaming y las casas de apuestas.
No obstante, el impacto más significativo de este evento no se mide en ingresos económicos, sino en la dolorosa desconexión con nuestra compleja realidad deportiva y/o futbolística. El hecho de sintonizar un torneo que ha sido ampliado a 48 equipos y constatar que ni siquiera así logramos clasificar a la instancia, evidencia el profundo estancamiento de nuestro balompié. Esta situación expone el deteriorado desempeño de la selección nacional, contrastando drásticamente con la gloria alcanzada con la obtención de las Copas América de 2015 y 2016.
En definitiva, este Mundial funciona en Chile como un espejo incómodo que nos recuerda la necesidad urgente de reestructurar el fútbol nacional. Es un llamado ineludible a erradicar las malas gestiones que terminaron por alejarnos de la élite global y a reformar todos los aspectos necesarios para volver a hacer de La Roja un orgullo nacional.
Rafael Urrutia, estudiante de Periodismo